Stone Island

By Sportwear Company S.p.A

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Mi familia tiene profundas raíces en el sector de la confección de prendas de vestir. En el siglo XIX, Giuseppe Rivetti –hijo de Giovanni Battista, primer operario de una máquina cardadora de la industria textil italiana– heredó la pasión de su padre y, con el fin de fundar su propia fábrica de lanas, vendió a escondidas las vacas de las granjas de la familia para comprar telares. En 1872 abrió su fábrica de lanas, Giuseppe Rivetti e Figli, que más tarde se fusionaría con el grupo turinés GFT (Gruppo Finanziario Tessile). Fue entonces cuando mi tío Pinot tuvo la idea genial de engomar los tejidos de lana de las fábricas para incrementar sus prestaciones. Esta predilección por la investigación también impulsaba a mi padre, Silvio, quien durante la posguerra se marchó a Estados Unidos, donde descubrió la empresa Palm Beach Incorporated, que producía algo que todavía no existía en Europa: ropa confeccionada a partir de unas medidas teóricas, lo que hoy conocemos como tallas. Mi padre se quedó fascinado; trabajó allí durante seis meses como operario, volvió y convenció a sus hermanos a ceder sus acciones de las fábricas de lanas para comprar todo el GFT.

A principios de los años 50, el GFT tomó las medidas literalmente a más de 25.000 italianos, lo que permitió vestir a casi todo el país, por primera vez, con prendas no sartoriales.

La crisis del petróleo de 1973 supuso una recesión severa pero rápida, y se tenía que hacer algo para recuperar las ventas. En aquel momento, mi primo, Marco Rivetti, se fijó en un modisto francés que trabajaba en una marca de ropa de abrigo para mujer que habíamos adquirido el año anterior. Este sastre diseñaba y ajustaba las prendas, se las llevaba a París para la campaña de ventas y después las mandaba producir a nuestra empresa. Su nombre era Emanuel Ungaro. Esto nos hizo darnos cuenta de que para relanzar el sector teníamos que añadir un ingrediente fundamental en la industria de la confección: la moda. Así pues, el GFT se hizo licenciatario de las estrellas emergentes de la moda italiana, como Giorgio Armani y Valentino. La clave del auge del prêt-à-porter Made in Italy fue saber conjugar capacidad empresarial y creatividad.

Yo entré en el GFT en 1975. Hacia finales de esa década se me ocurrió crear una nueva área dentro del grupo para producir algo más atemporal: la ropa de sport. A principios de los 80 descubrí la C. P. Company, una empresa extremadamente vanguardista e innovadora en ese campo que era propiedad del empresario Trabaldo Togna y de Massimo Osti, artista gráfico de profesión y diseñador y director creativo de la firma. En 1983 compramos el 50 %, y después nos hicimos con la totalidad de la empresa. Ese fue el comienzo de mi aventura. En 1993 dejé el GFT y, junto con mi hermana Cristina, adquirí el 100 % de la empresa que hoy se denomina Sportswear Company.

En 1983 conocí a Massimo Osti, quien un año antes, casi por casualidad, había creado Stone Island. Había llegado a la empresa un tejido especial llamado «Tela Stella»: tenía un color diferente en cada cara y se utilizaba para hacer lonas de camiones. El efecto era realmente interesante, pero no encajaba mucho en la línea estilística de la C. P. Company. Osti decidió hacer algo especial con esa tela y creó una colección de siete chaquetas solamente con una fuerte presencia de referencias al estilo militar y con la ahora emblemática insignia inspirada en los galones y las divisas militares. La rosa de los vientos simboliza el amor por el mar y por una exploración, una investigación constante.

Massimo estaba al menos diez años por delante de los demás en su ámbito. Le gustaba definirse más como productor que como diseñador. Su éxito confirmaba que Stone Island no solo era interesante y vendible, sino también fiel a su credo en la ropa informal. Sus ideas se inspiraban en el mundo militar y del trabajo, y se acompañaban de una continua investigación textil.

A mediados de los 90 nuestros caminos se separaron, y me encontré con la difícil tarea de buscar a alguien que diseñara Stone Island. En 1994, visitando los pabellones de una feria en Múnich, descubrí el trabajo del diseñador Paul Harvey, un inglés que vivía en Sant’Arcangelo di Romagna, en Italia. Me invadió una extraña sensación de familiaridad que me hizo exclamar: «¡aquí tenemos la Stone del siglo XXI!». En 1996 con Paul dimos inicio a la segunda era de nuestra marca.

Paul diseñó 24 colecciones, siempre coherentes con esa evolución y esa investigación que desde el principio han caracterizado a Stone Island. Otro personaje extraordinario. Después de graduarse en la Central Saint Martins, decidió que el mundo de la moda no para él ¡y se metió a camionero! Solo después de casarse con una fantástica mujer italiana, se mudó a nuestro país y comenzó a diseñar ropa. Su enfoque del diseño tiene la funcionalidad en la sangre, lo que le ha llevado a interpretar Stone Island a la perfección, conduciendo la firma magistralmente hacia el nuevo siglo.

Tras doce maravillosos años, Paul sintió la necesidad de abandonar el mundo de la moda para «hacer algo por el planeta». Ante una aspiración tan noble, solo pude comprender y aceptar su decisión. En ese momento, frente a otra elección crucial, llegué a la conclusión de que la época de «un hombre solo al mando» había terminado. Los tiempos habían cambiado. Había que ser multiculturales para ser de veras contemporáneos. Formé un equipo de diseño. Entendí que en esta época solo es posible abordar todos los aspectos de un mundo con varias mentes y distintas visiones: y esta es Stone Island desde 2008 hasta hoy.

Me siento como un entrenador. Elijo a quién sacar al campo en función del partido que vamos a jugar: tenemos que ser más sensibles, más rápidos, estar preparados para captar las señales de fuerza y de debilidad. Así pues, necesitamos personas que viajen por el mundo y que lo observen desde distintos puntos de vista: personas con edades y procedencias culturales diferentes.
Esta es, en resumen, mi historia. Me gusta pensar que existe un hilo común que nos une a todos. Un deseo de continua experimentación e investigación, no sin una pizca de sana locura: ese algo especial que hace de nuestra Stone Island mucho más que una marca de ropa.

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